martes, 11 de octubre de 2016

UNA NOCHE, EN QUE MI CUERPO TEMBLÓ...






En una noche pude sentir.


En esa noche pasó lo que tenía tiempo no ocurría.


En una noche recorrí salones de bailes, donde la gente se aglomeraba para vernos danzar.



En una noche converse de cosas triviales pero importantes en el momento.



Aprendí que la vida está al alcance de un dedo, de un insignificante click y una sonrisa exquisita del que me hablaba.



Esa noche se empezó con un poema “Desiderata” de Max Ehrman.


Iniciamos con la guinda del pastel y mira que es lo último que se coloca.



Seguimos con valses noruegos o rusos, ya no me acuerdo porque no podía permitirme perder el paso, de tan excelente acompañante. Era un salón grande y hermoso. Los invitados vestían fastuosos atuendos, sólo que no llevaban ropa.



Lo que más sobresalía en ellos era su amplia sonrisa y una luz que emergía desde sus cabezas, cual tuvo que ascendía más allá del techo.



En una noche me encontré con un atento caballero que me invitó a bailar, sin importarle que yo llevara una pulsera tejida en macramé dorado, como única prenda de vestir. Sus manos cálidas fueron tímidas al principio. Siempre, muy cortés, pedía permiso para tocarme un poco más.



En una noche, el tango fue el primer encuentro sensual con alguien que nunca dejó de apretar mi alma para evitar que me sentara.



Luego jugueteamos con la salsa y nuestros cuerpos recordaron aquellos días, en que nadie nos podía detener, en la decisión de amanecer al ritmo de los setenta u ochenta.



Un merengue no podía pasar desapercibido. Su mano atesoró mis caderas e intentó asirlas hacia él pero era la primera vez que bailábamos y no podía permitirle semejante familiaridad, así que retrocedió un poco.


El desastre fue cuando apareció Gilberto Santa rosa, con ese “Tequila y Ron” Ya mis brazos rodeaban su cuello y nuestros cuerpos danzaban al unísono.



Fue cachete con cachete y alma con alma. Fue la noche inolvidable de dos solitarios que unieron sus sueños por unos minutos llegando a sentir que la vida volvía a transitar por sus cuerpos.



En una noche, a pesar de la distancia hubo más sensaciones, que cuando estamos con alguien en cuerpo presente.



Ya era tarde y teníamos que madrugar, así que cada quien se fue a su cama, con un “Te quiero y Nunca me olvides” Apagamos nuestros sueños y regresamos a la realidad, con una maravillosa y dulce sensación de haber sido felices por un corto pero placentero tiempo.




Carmen Pacheco

lasculpasylamuertedelamorii@hotmail.com

@Erotismo10

11 de octubre de 2016
  

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