domingo, 4 de septiembre de 2016

EN SU CABEZA REVOLOTEABAN PÁJAROS DE MIL COLORES...



  
“Es la señal, que algo bueno se avecina”

Mi madre siempre decía, “Cuando los recuerdos que te hicieron llorar son remplazados, aunque sea por una sola de esas aladas avecillas,  será el momento de decir que ya tu espíritu ha exorcizado todo aquello que mantenía tu casa en tinieblas”.

Hoy trinan y revolotean sobre mí, eso indica que estoy curada y sanada, hasta de mí, inclusive.

Hoy puedo decir que estoy dispuesta amar, a entregarme a las delicias de unos brazos cálidos y de una boca jugosa. Es de advertir que la soledad no es buena. ¿Quién no necesita sentir un fuerte abrazo y un tierno e interminable beso, que lo eleve hasta el mismísimo cielo?

Hoy me percato, que la otra mujer, bueno una de ellas, que habitan dentro de mí está clara con lo que quiere y las otras, asientan con una sonrisa místicamente hermosa, lo cual me indica que están dispuestas a vivir felices, con la certeza de un mejor amanecer, cada día.

Le doy paso a mi imaginación, mostrándoles a una hermosa mujer, que muy seriamente meditaba sobre su vida y lo que pretendía hacer en su presente inmediato.

Su cabeza estaba llena de estos pensamientos que la mantenían sonriendo todo el tiempo. Se encontraba sentada a la orilla de la playa observando cómo corría el viento, inquieto y juguetón, mientras acariciaba las olas, que rompían junto a ella de una forma espumosamente salada.

El mar humedecía su rostro, en ese breve instante de cercanía. Dándole frescura a esa piel que estaba expuesta al beso inclemente del sol.

Las campanas internas vuelven a sonar. Anunciando que el templo está abierto y dispuesto a recibir oradores del amor.

Las gaviotas pasan volando muy cerca de su cabeza, emitiendo un sonido que parece un canto íntimo.

Sonriendo se echa hacia atrás manteniendo la mirada en las nubes que van formando figuras, que son empujadas por el aire para que apuren el paso y así puedan llegar otras a seguir pintando el cielo.

No ha reparado,  que el viento ha estado jugando con el ruedo de su falda. En su afán por ver y disfrutar de lo que le muestra el cielo y el mar, éste ha estado levantándosela y dejando al descubierto sus muslos perfectamente bronceados.  

Algo retirados y tapados por las ramas de un cocotal, dos chicos permanecen observando el jugueteo de la brisa con sus piernas. Esperando que, por un milagro, un pequeño remolino se introdujera entre ellas y lograba besar su parte final, para así ver la reacción lujuriosa, de la chica, en ese momento.

Su cabellera ondea cual ramas al viento haciendo que en su despeinar atrevido, su aspecto cobre un aire de mujer sensual. Todo esto pasa, sin que ella lo perciba. Está tan ensimismada en sus pensamientos y de la manera tan positiva que se siente, que la brisa se aprovecha entre sus ropas.

Milagros no está consciente que la observan. Escogió esa playa porque siempre está sola, dado la peligrosidad de sus olas, que se elevan casi hasta tres metros. Solo la utilizan los surfistas y en ese momento no había ninguno sobre las aguas.

Es por eso que se quita la ropa y saca de su funda la tabla de surfear. Hoy quería sentirse más libre que nunca. Volteando a todos lados ve que el lugar está solo y se lanza hacia la playa, con tabla y todo.

Los que han permanecido ocultos, se les quieren salir los ojos. Jamás habían visto a una mujer tan hermosa y mucho menos desnuda surfeando.

Sus senos se mantenían firmes mientras corría. Eran delirantemente libres. Se movían cual ave que persigue una presa. Brillaban bajo el sol abrazador inquietando a los que de lejos los observaban. Ellos daban la impresión de ser los que comandaban ese hermoso cuerpo hacia las tibias aguas, por lo erguidos y decididos que se apreciaban.

Esta mujer tiene que hacer deporte, mírale el vientre, lo tiene plano y bien demarcado –se dijeron los chicos-

Cuando detuvo su carrera, se quedó observando el mar por un rato. Cómo evitar ver esas hermosas y tonificantes nalgas. Toda ella era la mujer, que ellos querían tener en sus camas.

Empezó a brasear mar adentro y los músculos de sus hombros se dibujaban bajo los rayos del sol. Lo hizo muy rápido estaba por llegar una gran ola. De un brinco se levantó y su cuerpo parecía que volaba sobre esa enorme ola. El zigzagueo de las olas hizo que abriera sus largas piernas. Era toda una belleza. Embelesados veían cómo disfrutaba el cabalgar, cual Amazona sobre su larga tabla.

Su pubis era la joya que más resplandecía al sol. Se había colocado un Pilsen bien cerca de sus labios y éste era como un farol que alumbraba el camino a seguir.

Ninguno de los jóvenes que observaba dicha escena pudo pronunciar palabra alguna. Sus cuerpos lo decían todo.

Al llegar a la orilla recogió su tabla y se enrumbó hacia donde estaban ocultos los chicos, de esa forma pudieron observarla en todo su esplendor. Mantuvieron los ojos abiertos, cual faro a media noche, decididos hacer un zoom, cual cámara fotográfica para así dejar en sus mentes, los poros de esa piel mojada. Estaban seguros que jamás volverían a disfrutar de semejante aparición en lo que les restara de vida.

Milagros se vistió y recogió sus pertenencias, con mucha tranquilidad. Secó la tabla y la enfundó cuidadosamente. Viendo que nada le faltaba tomó el camino hacia su carro, no sin pasar cerca del sitio donde estaban los jóvenes y lanzándoles un beso, acompañado de un guiño de complicidad, se alejó sonriendo.

Los muchachos se quedaron en una sola pieza, mientras ella se tongoneaba, seductoramente, hacia su vehículo.

Esa fue la forma de comenzar su nueva vida. Cero hipocresías y mucha sinceridad para con ella misma. La vida es una sola y si el cuerpo pide amor, eso es lo que hay que darle pero que sea del bueno…


Carmen Pacheco
lasculpasylamuertedelamorii@hotmail.com
@Erotismo10
4 de septiembre de 2016