lunes, 30 de mayo de 2016

TU AMADA... AMANTE.



Sonó la alarme del teléfono indicando que debía comenzar el día bien temprano. Se estira con desgano para alcanzar el que lo ha sacado de un sueño maravilloso, con palmeras y un incesante vaivén de olas, en una playa exótica. Sentía henchida su humanidad por múltiples emociones que lo mantenían sumergido en ese alucinación.

Al fin logra callarlo, cuando le da una cachetada directamente al minutero lanzándolo por el aire. Al caer dio la impresión de haberse deshecho en mil piezas. El ruido que hizo, lo levantó de un solo golpe de la cama y sentándose en la orilla, se llevó las manos a la cabeza quejándose de un fuerte dolor. Era obvio, la noche anterior, se había ido de fiesta con los amigos. Estuvieron haciéndole una despedida de soltero. De pronto supo que se había llevado a su casa, parte de la despedida, cuando sintió unos pies, que le acariciaban la espalda al compás de una voz melosa de mujer, que lo instaba a regresa debajo de las sábanas.

Dio un salto y al voltear vio que de ellas salía una poderosa rubia. Le calculó, un metro setenta y algo de puro cuerpo celestial. Su melena dorada como el trigo, tapaban sus selectos senos desnudos, que se movían inquietos por aparecer, mientras deslizaba la sábana con cierta travesura, dejando a la vista un vientre bien esculpido y unas piernas, ¡Dios... qué piernas! Dadivosas, delicadas y muy bien torneadas, que se movían, cual culebra destinada a hipnotizar a su presa que la observaba embelesado moviendo la cabeza e imitando su vaivén. Poco a poco fue entrando de nuevo a la cama y cual araña lo atrapó entre sus piernas. Con una dulzura pecaminosa lo cobijó con la fragancia de su cuerpo. En ese momento él comenzó adorarla… Sólo se veía la agitación de una membrana que guardaba dos seres en franca actividad poética.

Cuando se disponía a subir hacia sus voluptuosos pechos, un click sonó en su cabeza y sólo pensó
 –Tengo que verme con Rosmery- (su novia)

Federico, siempre había sido un auténtico mujeriego. Sus amigos lo consideraban el ser más afortunado. No había mujer que se le resistiera. Es por eso que les parecía muy raro que se fuera a casar con una chica como Rosmery. No auguraban un buen futuro para ese enlace.

Rosmery era una chica muy distinta, con relación a las que ellos estaban acostumbrados a ver. Era hermosa. Una mulata que tenía una belleza sin igual, tanto por dentro como por fuera. Había estudiado en los mejores colegios y graduada con altos honores. Hacía su residencia en un hospital de la ciudad y esperaba especializarse en Neurocirugía.

Por un momento le llegó un ápice de responsabilidad pero la tigresa que tenía en la cama comenzó a incitarlo a continuar con el juego y fue suficiente para agarrarse de las sábanas y hundirse en sus largos brazos, que lo llenaban de gratas caricias. Esto lo arreglo rápido –se dijo- y arremetió con ansias sobre ese espectacular cuerpo de mujer.

Rosmery ya estaba en el lugar de encuentro. Era un café al aire libre y se dispuso a esperar. Siempre era la que llegaba primero a sus citas. Esto lo veía como algo natural por la especie de rutina que se había impuesto al empezar los estudios de medicina.

El mesero del lugar, la saludó con afecto. Era su lugar preferido para verse con Federico. Éste le preguntó si esperaba o le servía su habitual taza de café. A lo que ella le dijo - Por favor tráigame una grande y la acompaña con un pastelito de queso con espinaca –. Seguramente –pensó- hoy no llegará puntual, ayer fue la despedida de soltero y debe estar con una tremenda resaca. ¿Qué podía hacer? era el hombre que le gustaba y amaba. Por lo que abriendo su libro preferido, del momento, siguió la narrativa de una novela, que la había atrapado.

Mientras, en la habitación del novio, se desarrollaba un encuentro no planificado. La chica le había resultado experta en algunos artificios, en cuanto a sexo se refería y no quería perderse la oportunidad, de disfrutar, algo que no sabía, cuándo volvería a vivir. Estaba claro, para él, que su novia, aunque era una mujer hermosa había sido criada chapada a la antigua y seguro su relación sería… cómo llamarla, normal o tediosa, ese tipo de mujer que no se sale de los cánones regulares en los juegos de amantes.

Las invitaciones habían sido despachadas y todo lo referente a lo eclesiástico o civil estaba arreglado. Las madres de ambos novios, se habían encargado de los por menores e incluso les habían regalado el viaje de la Luna de Miel. Les pareció raro, cuando vieron que preferían ir hacia las montañas y no a la playa pero Rosmery le pidió a Federico que la complaciera en pasar su Luna de Miel en un Hotel especial, que había visto en Internet y había quedado prendada del lugar. Él no entendía ese repentino arrebato por las montañas pero qué podía hacer, le dijo que estaba bien.

Había pasado una hora esperando, cuando aparición Federico, todo agitado y pidiendo disculpas por la tardanza la llenó de besos y se sentó a su lado.

Rosmery le preguntó – ¿Y qué tal tu despedida de soltero?- Agarrándolo desprevenido, éste tuvo que tragar duro, antes de contestarle. –Bien, todo estuvo normal, tu sabes, ese tipo de reuniones es para tomar hasta acabar con la última botella llena y hablar tonterías con los amigo. En ese momento apareció el mesero con el pedido y cambiando de tema pidió le trajera lo mismo que comería su novia.

Rosmery lo ve de soslayo y se ríe al notar lo afanado por explicar el porqué de su tardanza. Faltaba una semana y tenían que dar los últimos toques de la ceremonia, por lo que se metió en el tema de la boda, sin decir más.  Estaba segura que luego todo se arreglaría.

En el hospital donde hacía las pasantías, le otorgaron una semana de licencia para su boda. En cuanto a Federico era su propio jefe. Algo que tenía él era su responsabilidad en los negocios. Por lo que dejó todo listo para no estar recibiendo llamadas en esa semana.

Llevaban un año de relaciones y sentían que eran diferentes en distintos tópicos pero había algo que los hacía querer estar juntos. Disfrutaban de la cercanía del otro, de sus encuentros y conversaciones.

Llegó el gran día. El lugar donde sería la recepción ya estaba listo. La comida, bebida y adornos esperaban por los comensales. La Iglesia, la decoraron con muchos Lirios. Cintas blancas, que entrelazadas a los bancos del lugar, daban la impresión de un pasadizo romántico. Estos estaban llenos de ramilletes de distintos colores. Por ese lugar transitaría la novia con su cortejo y debía parecer como sacado de un cuento de hadas.

Los nervios no podían faltar, sobre todo en los novios y surgió la pregunta ¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Él o ella es la persona con la que quiero vivir mi vida? Fue cuando aparecieron los y las amigas al rescate. El rol de ellos era el de tranquilizarlos y hacerles entender que era la persona correcta para él o ella.

En la Iglesia, ya los esperaban los amigos e invitados. Se podía percibir el aroma del incienso y a cera derretida. La infraestructura había sido construida en el siglo dieciocho y aún se mantenía  en muy buenas condiciones. La luz se dejaba colar por unos grandes y hermosos vitrales, que al llegar cerca del altar, se descomponía en una variedad de tonos dándole un aire de paz y armonía al lugar. Era lo que Federico veía, mientras esperaba la llegada de su prometida, junto al altar.

De pronto se oyen los acordes de la marcha nupcial y todos, en el lugar, callan y voltean para ver la entrada de la novia. Mientras las notas musicales bailan entre la nube que se ha formado, combinada entre del humo de las velas y los rayos solares que  invaden el lugar dándole un halo sacramental.

Al fondo del pasadizo, hace su aparición la hermosa novia, escoltada por su padre. Ella semeja una hermosa visión. Su traje blanco, le da ese no sé qué de inocencia, que a la vez, al estar tan ceñido a su cuerpo realza su talle. El escote, que hasta el padre tendrá que disimular para no bajar la vista, la coloca en las dos condiciones, entre inocente y atrevida.  No hacían falta más detalles o accesorios, su belleza se realzaba bajo la luz del candelabro principal. La cola del traje arrastraba los pequeños pétalos, que las niñas, hermosamente vestidas dejaban caer al suelo, para que su pisar estuviera lleno de rosas y jazmines. Su velo silenciaba su rostro, dándole un aspecto de misterio e intimidad.

Ya en el altar, al descorrerle, Federico, lo que mantenía cubierto su rostro, éste quedó atónito. Fue como ver por primera vez a su novia. Definitivamente era otra mujer y le gustaba, le gustaba mucho. Rosmery sintió que había logrado lo que tanto deseaba, que su novio la viera como en realidad era ella y sonrío, como acostumbraba, pícaramente.

Ya en la fiesta bailaban y disfrutaban con los amigos y familiares. Se acercaba la hora de marcharse. Tenían que tomar un avión a la una de la mañana y debían escaparse, como era la costumbre.

Entre abrazos, lágrimas y buenos deseos, se despidieron montándose en el auto que arrastraba el ruido de las latas que les habían amarrado al mismo.

Llegaron justo para embarcarse. El personal de la línea los ayudó con las maletas y al fin pudieron atravesar el túnel que los unía al avión.

A todas éstas, Federico no sabía qué hotel había escogido Rosmery. Al verlo le gustó y lo sintió muy acogedor. Los esperaban con una botella de Champan, que llevaron a la habitación. Por supuesto que la novia cruzó el umbral en los brazos de su amado.

Cansados decidieron darse una ducha. Él esperaba hacerlo con ella pero Rosmery no lo pensó así y le dijo que se metiera al baño primero, mientras ella buscaba unas cosas para esa noche. Le pareció extraño pero era su primer día como esposos y pensó – ¿qué sorpresa me tendrá esta noche?- y se fue a bañar. Al salir, ella le sugirió que fuera sirviendo la champaña en las copas, que no tardaría mucho en el baño.

Federico algo desmotivado busca las copas y la bebida y se da cuenta que también les colocaron fresas con crema. Puso algo de música y esperó que saliera.

Aún dentro del baño, Rosmery le dice - apaga la luz principal y deja las lamparitas encendidas, ten paciencia-

Él está a punto de perderla, cuando hace su aparición, una mujer montada sobre unas botas de cuero con unos tacones cual agujas. Llevaba unos pantalones ajustados a sus piernas y una chaqueta negra apretada, tanto que hacía que sus senos estuvieran a punto de salir volando. Sin perderla de vista, notó que en su mano izquierda blandía un látigo de cuero de cuatro puntas y en ellas había una especie de perla, que brillaba cada vez que las movía de un lado a otro emitiendo un sonido algo amenazante.

Él no podía hablar, su estupor era tan grande que sentía que su garganta se había cerrado, cuando vio que lentamente se acercaba. Su cuerpo empezó a temblar pero no de miedo. Jamás había sentido de esa forma. El grado de excitación que invadía su ser en ese momento, ninguna mujer se lo había hecho experimentar. Las copas llenas de champán se volcaron sobre el piso, ella ya estaba sobre la cama y lo conminaba a colocar sus manos sobre su cabeza mientras acariciaba con las puntas del látigo todo su cuerpo. ¿Te gusta? –Le preguntó- a lo que él solo atinó a mover la cabeza, dando a entender que sí. Qué bueno porque ahora es que vas a saber lo que es tener a una verdadera mujer en tu cama todas las noches. Solo tú serás el que detenga este juego. Cuando pidas más, más te daré y cuando digas que paré pararé. – ¿Estás de acuerdo?- y sonriendo le dijo que si y se entregó a esa mujer que esa noche estaba conociendo, la que lo llevó por caminos deseados pero jamás transitados.

Con ella supo lo que era ser fiel a una sola mujer.


Carmen Pacheco
lasculpasylamuertedelamorii@hotmail.com
@Erotismo10
30 de mayo de 2016




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