viernes, 16 de febrero de 2018

UN BAÑO DE BURBUJAS EXCITANTE...





Luego de un arduo día de trabajo llegó a su casa con la firme intención de no atender el teléfono y así poder introducirse en ese libro que la tenía muy entusiasmada.

Eleonora era una mujer joven. Respondía a todo aquello que la llevara a contradecir los cánones impuestos por la sociedad. Disfrutaba de una buena discusión. Sobre todo si tenía que ver con deidades e historias antiquísimas de su tierra.

Llegó soltando cartera y papeles. Sacudía los pies para que desaparecieran esos grilletes que le imponía la sociedad “Los Zapatos”. Cuando niña la regañaban mucho por andar descalza. Ella les decía mientras corría para que no le pisaran los dedos, “Así consigo mantener contacto con el planeta” y su falda era como una bandera al viento al subir los escalones, de dos en dos, mientras su abuela, jadeando al pie de ésta, se le quedaba mirando con una sonrisa de amor. No entendía por qué no podía molestarse con su nieta.

No llegaba a los treinta. Sus ojos eran oscuros y profundos, como el fondo de la laguna de los muertos, esa que mentaban tanto sus viejos, donde las doncellas eran lanzadas como ofrenda a los Dioses de sus ancestros. Tenía la mirada directa e inquisidora. No dejaba que se le pasara nada. Definitivamente tenía un alma vieja.

Llevaba poco tiempo viviendo sola. Para ella había sido el mayor alcance de privacidad anhelada. Necesitaba oxígeno y en casa de sus padres, ya no alcanzaba a respirarlo. Los amaba pero sentía que era el momento de lanzarse a volar en la búsqueda de distintos horizontes y nuevas experiencias.

Colocó música relajante y prendió incienso. Era viernes y eso significaba que al otro día no tenía que despertarse temprano, así que se sirvió una copa de vino y fue a darse una exquisito baño de espumas.

El calor del agua la ceñía a medida que iba introduciéndose en la bañera. El agua estaba temperada y con unas sales que le dejó, como regalo, su abuela, antes de morir. En dicho obsequio venía una nota: “Nunca te bañes con estas sales, mientras consumas alcohol” Son esas indicaciones que muchas veces obviamos por pensar que no es importante leerlas.

Colocó unas velas en las esquinas de la bañera y en una mesita el vino y la copa. Ya tenía el momento perfecto para liberase de todo el stress de la semana.

El silencio de ese viernes no era normal. Regularmente, los vecinos hacían unas fiestas estruendosas, que muchas veces habían tenido que llamar a las autoridades para obligarlos a bajarle el tono de la música. Pero esta noche, todo estaba en calma. El ambiente de la habitación era denso como un chocolate espeso y oscuro como noche de Luna nueva pero se sentía muy placentero.

A la tercera copa, Eleonor sentía que estaba en el océano. Su cuerpo se distendió tanto que sus pechos flotaban fuera del agua cual boyas marinas. Sus pezones enarbolados eran como dos banderas rígidas que se movían al vaivén de las aguas. Esa sensación le producía placer. En su mente aparecía ella en una playa, que la llevaba a la orilla y la regresaba al fondo como manos que acariciaban.

Ya ella no estaba en la bañera de su apartamento. Palmeras se tongoneaban bajo la fuerte brisa que allí había. El aire traía el olor a salitre y a leña quemada. Su rostro miraba al cielo. La Luna le guiñaba un ojo, mientras una nube le acariciaba las nalgas. Eleonora se sentía en complicidad con aquella Luna, que la invitaba a sentir.

La música venía de un búngalo no muy alejado de la playa. El mar la sacaba hacia la orilla muy lentamente. Su cuerpo desnudo sentía como era arrastrada fuera del agua pero con una suavidad que excitaba. Sus pechos seguían apuntando a las estrellas, cuando sintió que la llevaban cargada hacia dónde provenía esa deliciosa melodía.

Ya Eleonor no era dueña de su cordura. Fue colocada en una manta sobre el suelo, con una suavidad exquisita. Su cuerpo siempre se mantuvo caliente y a la expectativa. Con los ojos cerrados y la mente abierta percibió un olor a canela que se le acercaba lentamente. Su cuerpo excitado se puso en guardia. Sus glándulas comenzaron  a segregar, su piel entera esperaba la sensación. Ella sola se removía de placer, sin que la hubiesen tocado.

Una lengua la invitó a abrir su boca. Ésta se introdujo cual serpiente, humedeciéndole todas las sensaciones. Ya su cuerpo pedía, exigía más de ésa alucinación. A lo lejos oyó cómo unas campanas eran tocadas con insistencia pero fue por un segundo que se extravió de la concentración en que estaba. Lentamente fue abriendo las piernas y sintió la caricia estremecedora que iba por sus muslos hasta el vientre palpitante.

Sus hermosos senos eran besados y bebidos como jamás había sentido. Sus quejidos se entretejían con la melodía que brincaba por entre los balcones, haciendo del lugar un escenario de entrega.

No podía aguantar más, cuando, en un momento su cuerpo no fue uno, ya eran dos entrelazados en una danza frenética de sexo y lujuria. Ella se dejaba amar entregándose en los brazos de algo que la llevaba a viajar hasta aquella Luna coqueta, que le había guiñado un ojo. En ese momento su miedo a sentir le daba paso a la autenticidad de sus sentimientos. Esa noche fue amada varias veces como jamás lo había sido.

El silencio la despierta sigue en la bañera. Las velas se han consumido, a la botella de vino aún le queda algo del exquisito líquido. Su cuerpo presentaba el comportamiento del que ha permanecido mucho tiempo en el agua. Cuando logra despertarse bien, entiende que su abuela tenía razón, cuando le avisó del riesgo de beber y sumergirse en las aguas repletas de peligrosos cristales.


Carmen Pacheco
@Erotismo10
16 de febrero de 2018